
Imagina ponerle un abrigo al edificio. Eso es, en esencia, un SATE: una capa continua de aislamiento que envuelve la fachada por fuera y se remata con un acabado resistente.
Como abraza todo el edificio sin cortes —también en cantos, pilares y frentes de forjado—, elimina la mayoría de los puentes térmicos, que son justo los puntos por donde más calor se pierde.
¿Y el ahorro? Con un espesor de aislamiento bien calculado, el consumo de combustible baja en torno a un 30 %, en invierno y también en verano. Por eso la inversión se recupera, de media, en unos cinco años; a partir de ahí, todo es ahorro.


